Episodio 2: Un refino de posguerra

1947 es el año que en Cádiz se le conoce como el año de la explosión. Ya que en ese verano un polvorín de la Armada estalló destrozando gran parte de los barrios de extramuros de la capital. Fue un año marcado por la posguerra, por el hambre. La escases de alimentos era algo rutinario, pero en una estrecha calle de El Puerto de Santa María, en la entonces calle del Muro, hoy calle Ricardo Alcón, comenzaba la historia del Refino Casa Rodríguez, conocido como el de los muertos (apodo del que luego hablaremos). Entonces, una joven de doce años, María del Carmen Fernández, después de ir al colegio, aprendía el arte de despachar detrás de un mostrador. 

Las tiendas en las que se venden agujas, hilos, botones y todos los complementos para confeccionar vestidos siempre se han llamado, al menos en la provincia de Cádiz, Refino, aunque el diccionario de la real academia no reconoce la palabra como tal. No así en El Habla de Cádiz, de Pedro Payán Sotomayor, donde se recoge como sinónimo de mercería. Se trata de la tienda de un mercer (comerciante de pequeños productos) y de esta palabra deriva. 

Una joven de doce años, María del Carmen Fernández, después de ir al colegio, aprendía el arte de despachar detrás de un mostrador.

El suelo hidráulico con vetas azules y amarillas ya descoloridas. Los muebles antiguos y las estanterías de madera. Cajas de latón y cajoneras con hilos perfectamente ordenado. Un mostrador de cristal, donde suena todo. Un refino que tiene una historia muy peculiar, ya que se le conoce popularmente como el refino de los muertos.

El sonido de una mercería o refino, como apunta María del Carmen, es inconfundible. Es un lugar tranquilo, donde las clientas o mejor dicho, amigas, preguntan sus dudas sobre costura, conversan. Por eso las charlas se interrumpen incluso porque alguien trae algún manjar de la época. 

En los refinos los complementos necesarios para confeccionar el vestido. En casa se cosían las prendas más sencillas y las complicadas se llevaban a la costurera, existían numerosos «talleres de costura». 

La demanda de estos tipos de comercio era enorme y llegaron a vender de casi todo, incluido jabones de olor y colonias, impresionaba ver en estos refinos tantas cajitas ordenadas con tan pequeñas cosas. Hoy día no es tan fácil la venta. María del Carmen lleva ya unos años jubilada, y a pesar de sus 88 años, todavía ayuda en las labores a su hija, Carmen, que sigue manteniendo la esencia de aquel refino de posguerra.

«Lo que se compra aquí, se queda aquí.»

— María del Carmen Fernández, Refino Los Muertos

Un negocio pequeño, que no va vendiendo botón a botón, hilando muy fino para no pagar a los proveedores. Pero como dice Carmen, se trata de una habitación más de su casa. Un lugar donde el tiempo no ha pasado y que cada vez se hallan menos. El refino de los muertos, un comercio, de los de toda la vida.