Episodio 3: El secreto de las palomas

La tranquilidad. El descanso. El silencio del ruido. Esto buscan los que buscan el descanso. Los que encuentran el perderse. Alejados del bullicio de la ciudad nos ubicamos en el siglo XVIII. En esta ocasión nos adentramos en la Parque Natural de la Breña, en Barbate, cerca del núcleo rural de San Ambrosio, donde se enclava una hacienda que guarda en su interior un palomar, con una triple función: servir de como correo de la época, de torre de vigilancia para los ataques berberiscos y una tercera, más secreta, de la que más tarde daremos cuenta. José Luis Larramendi es uno de los socios de este negocio.

En este episodio, se busca algo más alternativo, pero con el encanto de un comercio familiar, ya que hoy en día, el Palomar de la Breña, es un alojamiento rural coqueto, pero con un encanto natural paradisiaco. Es una arquitectura profunda, sosegada, racionalista y sobre todo impresionante. La pregunta que nos hacemos es, cómo se conecta la historia de la hacienda, con la actualidad. O dicho de otro modo, cómo llega José Luis y sus socios a este lugar.

Un lugar oculto, difícil de acceder… un lugar perfecto para perderse. Lugar para hacer lo que se no se quiera que se sepa. 

Por la peculiaridad de la ubicación, este enclave, como si todavía necesitara de esas palomas para llevar el mensaje, internet y el boca a boca, son la manera de atraer a sus clientes. Un negocio que cumple unos 30 años en su etapa actual y, a diferencia de las grandes cadenas hotelera, la relación con los clientes es más cálida, menos distante. 

Los problemas que tiene este tipo de negocios, se acrecienta mucho más cuando estás en un espacio aislado, alejado de todo, también de los servicios básicos. Es por ello, como cuenta, José Luis, hay que valerse por sí mismo, contando con muy poco respaldo de las administraciones. 

El lugar da para mucho, centrándonos en el palomar, son varias las productoras que han fijado sus ojos en sus grandes hileras de agujeros, casi 8.000 nichos de las palomas, donde esconder lo que haya que esconder. 

Regresando a la historia de la propia finca, uno de sus propietarios fue Pedro de Fagoaga, el administrador de aduana, un señor que hizo riqueza en Méjico y trajo un estilo colonial a la edificio del campanario y los interiores de la estancia, donde se alojan los clientes. 

«Es muy complicado un negocio tan apartado de todo, cuando no tienes ayudas apenas.»

— José Luis Larramendi

Habíamos dejado suelta una tercera función de este palomar, que tiene mucho que ver con su enclave. Retomamos la leyenda de un vizcaíno que embarcó en Cádiz junto a su hijo de viaje hacia América, a la altura de Trafalgar el barco naufragó y el hijo se ahogó. Por ello, se instala en ese lugar cercano.

Lo curioso es que el anteriormente mencionado, Pedro de Fagoaga, era navarro, un vizcaíno como se le solía conocer. Aunque en su testamento no nombra ni mujer ni hijos y por el contrario, de doce páginas de dicho testamento, dedica diez a dejar bien claro que todas sus pertenencias deben ser para Pedro de Aranchipi, que resulta ser un francés al que tampoco se le conoce mujer.

Un lugar oculto, difícil de acceder… un lugar perfecto para perderse. La primera planta de la casa posee unas ventanas desde donde se veía todo del exterior, pero que apenas dejaba pasar la luz y el aire del exterior. Lugar para hacer lo que se no se quiera que se sepa. 

Al margen de elucubraciones, lo que sí es una certeza es el encanto de este establecimiento. Para José Luis, el tiempo que ha pasado se le echa encima. Sabe que él no acabará el proyecto inicial, pero, al menos espera verlo algún día. O quizás esa es la historia de este lugar misterioso e inacabado, que guarda los mejores secretos en sus 7.777 nichos de paloma.